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como llagas calientes, oyendo el leve sisear de la savia que brotaba de la madera
                húmeda, esperando que descendiese la visión.
                   Sí, en ese instante lo, creía todo... y al mirar aquellas caras sombrías, fijas en las
                llamas y en las páginas chamuscadas de la historieta, comprendió que ellos
                también lo creían.
                   Las ramas se estaban encendiendo. El recinto empezó a llenarse de humo. Una
                parte, blanca como las señales de humo, de las películas, escapaba por la
                chimenea. Pero como el aire estaba inmóvil en el exterior, la mayor parte
                permaneció allí. Tenía un olor acre que irritaba los ojos y la garganta. Richie oyó
                que Eddie tosía dos veces con un ruido seco. Luego quedó otra vez en silencio.
                "Él no debería estar aquí", pensó.
                   Bill arrojó otro puñado de ramitas verdes al fuego y preguntó, con voz débil,
                distinta de la suya habitual:
                   --¿A-a-alguien ti-tiene v-v-visiones?
                   --Sí: me veo salir volando de aquí -dijo Stan Uris.
                   Beverly se echó a reír, pero su risa se convirtió en un acceso de tos y acabó
                ahogándose.
                   Richie apoyó la cabeza contra la pared y levantó la mirada hacia la chimenea: un
                estrecho rectángulo de luz amarilla.. Pensó en la estatua de Paul Bunyan, aquel
                día de marzo. Pero eso había sido sólo un espejismo, una alucinación, una
                   ("visión").
                   --El humo me está matando -dijo Ben-. ¡Uf!
                   --Vete -murmuró Richie, sin apartar los ojos de la chimenea.
                   Tenía la sensación de que estaba dominando la situación. Se sentía como si
                hubiese adelgazado cinco kilos. Y la casita sin duda se había vuelto más grande.
                Sobre eso estaba seguro. Al principio, la gorda pierna izquierda de Ben Hanscom
                había estado apretada contra la suya y el huesudo codo de Bill se le hundía en el
                brazo derecho. Ahora, ninguno de los dos lo tocaba. Echó un vistazo perezoso a
                derecha e izquierda para verificar sus percepciones. Eran correctas. Ben estaba a
                unos treinta centímetros. Bill, a su derecha, más lejos.
                   --Este lugar se ha agrandado -dijo.
                   Aspiró más profundamente y tosió con fuerza. Dolía, dolía en el fondo del pecho,
                como duele la tos cuando uno ha tenido una gripe. Por un rato pensó que jamás
                se le pasaría, que seguiría tosiendo hasta que tuvieran que sacarlo. "Siempre que
                ellos puedan", pensó, pero la idea era demasiado difusa como para asustarle.
                   De pronto, Bill le dio unas fuertes palmadas en la espalda y la tos remitió.
                   --No lo sabes, pero no siempre lo haces -dijo Richie.
                   No miraba a Bill, sino a la chimenea. ¡Qué brillante parecía! Podía ver el
                rectángulo, flotando en la oscuridad, pero ya no blanco sino verde.
                   --¿D-d-de qué hab-hablas? -preguntó Bill.
                   --De tu tartamudez. -Hizo una pausa, consciente de que algún otro estaba
                tosiendo-. Deberías ser tú quien hiciese las voces, Gran Bill, no yo. Porque tú...
                   Las toses se hicieron más fuertes. De pronto, la casita se inundó de luz, tan
                súbita y brillante que Richie entornó los ojos. Distinguió apenas la silueta de Stan
                Uris que salía a duras penas, trepando.
                   --Lo siento -logró decir el chico, entre toses espasmódicas-. Lo siento; pero no
                puedo.
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