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Rococó,  clasicismo  y  romanticismo







               Goethe»,  tan  ingenua y  tan  lejana de  la apreciación de  las  fuerzas


              verdaderas que mueven  ios acontecimientos de la  historia como su



               frenética  devoción  por  la  Iglesia  y  el  trono,  la  caballería  y  el  feu­


               dalismo.  „


                         Quizá los mismos acontecimientos hubieran seguido un rum­



               bo distinto si la intelectualidad no hubiera dejado,  incluso en Fran­


               cia,  que  fuesen  otros  los  que  pensasen  y  actuasen  con  sentido  rea­


               lista.  Había  por  todas  partes  un  romanticismo  de  la  Revolución

                                                                                                                                 A
               como  había  otro  de  la  Contrarrevolución  y  la  Restauración.  Los



               Danton y  los  Robespierre eran dogmáticos tan ajenos a la realidad


               como  los Chateaubriand  y  los  De  Maistre,  los  Górres  y  los  Adam


               Müller.  Friedrich Schlegel  era un romántico tanto en  su  juventud,



               con  su  fervor  y  entusiasmo  por  Fichte,  Wilbelm  Meister y  la  Revo­


               lución, como en su edad madura, cuando se entusiasmaba por Met-


               ternich y la Santa Alianza.  Pero Metternich  no era un romántico a


               pesar de  su conservadurismo y de su  tradicionalismo;  dejó que  ios



               literatos  consolidasen  los  mitos  del  historicismo,  el  legitimismo  y


               el  clericalismo.  Un  hombre  realista es  el  que  sabe  cuándo  está  lu­


               chando por sus  propios  intereses y cuándo está haciendo concesio­



               nes a los demás,  y  un hombre dialéctico es el que  tiene conciencia


               de que la situación histórica en un momento dado está formada por


               un  complejo  de  motivos  y  tareas  que  son  irreductibles.  El  román­



               tico,  a pesar de  toda su estimación por el pasado,  no juzga su pro­


               pio  momento  ni  de  manera  histórica ni  dialéctica.  No comprende


               que el presente está entre el pasado y el futuro y representa un con­


               flicto  indisoluble de elementos estáticos y dinámicos.



                         La definición de Goethe, según la cual el romanticismo repre­


               senta el principio de enfermedad -u n   juicio apenas aceptable  tal y


               como  fue  concebido-,  gana  a  la  luz  de  la  psicología  moderna  un


               sentido  nuevo  y  una  nueva  confirmación.  Si  el  romanticismo,  en



               efecto, ve solamente  uno de  los lados de una situación compleja de


               tensiones  y  conflictos,  si  tiene  en  cuenta  sólo  un  factor  de  la dia­


               léctica histórica y lo hipertrofia a expensas de los otros factores,  si,



               finalmente,  semejante  unilateralidad,  semejante  reacción  exagera­


               da  y  supercompensada delata una  falta de equilibrio  espiritual,  el


               romanticismo puede ser calificado con razón de  «enfermizo».  Pues







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