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Historia social de la literatura y ei arte
fuerza motriz en el desarrollo de la época. Sabemos que la Ilustra
ción produjo no sólo historiadores como Montesquieu, Hume,
Gibbon, Vico, Winckelmann y Herder, y acentuó el origen histó
rico de los valores culturales frente a su explicación por la revela
ción, sino que tenía ya una idea de la relatividad de esos valores. De
cualquier manera, en la esrética del momento era ya una idea co
rriente el que había varios tipos equivalentes de belleza, que los
conceptos de belleza eran tan distintos como las condiciones físicas
de vida, y que «un dios chino tiene un vientre tan grueso como un
mandarín» l75. Pero a pesar de estas consideraciones, la filosofía de
la historia de la Ilustración se basa en la idea de que la historia re
vela el despliegue de una razón inmutable y de que la evolución
se dirige hacia una meta discernible de antemano. El carácter ahis-
tórico del siglo XVIII no se expresa, pues, en que no tuviera nin
gún interés por el pasado y en que desconociera el carácter históri
co de la cultura humana, sino en que desconoció la naturaleza del
desarrollo histórico y lo concibió como una continuidad rectilí
nea 176. Friedrich Schlegel fue el primero en reconocer que las re
laciones históricas no son de naturaleza lógica, y Novaíis fue ei
primero en resaltar que «la filosofía es fundamentalmente antihis
tórica». Ante todo, el reconocimiento de que hay una especie de
destino histórico y de que «nosotros somos precisamente lo que so
mos porque tenemos detrás un determinado curso vital» es una
conquista del romanticismo. Una ideología de esta clase, y el his-
toricismo que refleja, eran totalmente ajenos a la Ilustración. La
idea de que la naturaleza del espíritu humano, de las instituciones
políticas, del derecho, del lenguaje, de la religión y del arte son
comprensibles sólo desde su historia, y de que la vida histórica re
presenta la esfera en que estas estructuras se encarnan de forma más
inmediata, más pura y más esencial, hubiera sido sencillamente
inconcebible antes del romanticismo. Pero adonde conduce este
historicismo se ve quizá del modo más claro en la formulación pa
radójicamente exagerada que Ortega y Gasset le dio: «El hombre
,7i F. Bcnoít, op. cit.} págs. 62 sig.
176 Cf. Alberr Pdrzsch, Studien zur frübromantiscben Politik u. Geschichtsauffassung,
1907, págs. 62 sig.
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