Page 188 - Hauser
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Rococó, clasicismo y romanticismo
nalidad por el que se guiaban las clases progresistas. Pero todo esto
A
cambió con las consecuencias de la Revolución. Esta les hizo res
ponsables tan pronto de haber ido demasiado lejos como de haber
se quedado demasiado atrás con respecto a las innovaciones, y no
pudieron mantener su prestigio en aquel período de estancamien
to y eclipse de las mentes. Tampoco disfrutaron de la satisfacción
de los «filósofos» del siglo XVIII, cuando estuvieron de acuerdo
con la reacción y la sirvieron lealmente. La mayoría de ellos se vie
ron condenados a carecer en absoluto de influencia y se sintieron
completamente superfiuos. Se refugiaron en el pasado, que convir
tieron en el lugar donde se cumplían todos sus deseos y todos sus
sueños, y excluyeron de él toda tensión entre idea y realidad, yo y
mundo, individuo y sociedad.
«El romanticismo tiene sus raíces en el tormento del mundo,
y así se encontrará un pueblo tanto más romántico y elegiaco cuan
to más aciagas sean sus condiciones», dice un crítico liberal del ro
manticismo alemán t79. Los alemanes eran probablemente el pueblo
más desgraciado de Europa; sin embargo, inmediatamente después
de la Revolución ningún pueblo de Europa -o al menos la intelec
tualidad de ningún pueblo- se sintió ya cómodo y seguro en su
propio país. El sentimiento de la carencia de patria y de la soledad
se convierte en la experiencia definitiva de la nueva generación;
toda su concepción del mundo era dependiente de ello y siguió
siéndolo. Este sentimiento asumió innumerables formas y encontró
expresión en una serie de intentos de fuga de los que el volverse al
pasado fue sólo el más característico. La fuga hacia la utopía y los
cuentos, hacia lo inconsciente y lo fantástico, hacia lo lúgubre y lo
secreto, hacia la niñez y la naturaleza, hacia el sueño y la locura, era
una mera forma encubierta y más o menos sublimada del mismo
sentimiento, del mismo anhelo de irresponsabilidad e impasibili
dad, un intento de huida de aquel caos y aquella anarquía contra
los que el clasicismo de los siglos XVII y XVIII luchó tan pronto
con furia y recelo como con gracia y agudeza, pero siempre con la
misma decisión. El clasicismo se sintió señor de la realidad; había
179 Arnold Ruge, Die wahre Romantik, en Ges. Schriften, III, pág. 134, cit. por Cari
Schmitc, Politische Romantik, 1925, 2.* ed., pág. 35.
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