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Historia social  de  la  literatura y el  arte








                  histórico  abolió  la  autonomía  del  intelecto.  En  consecuencia,  esta


                  autonomía,  lo mismo que el  individualismo  del  romanticismo,  fue


                  la consecuencia y  no el  origen del conflicto que estremeció a  la so­



                  ciedad  del  siglo  XVIII.  En  realidad,  ninguna  de  las  dos  ideas  era


                  nueva,  pero ahora,  por primera vez,  ocurría que  se incitaba al  indi­


                 viduo a la rebelión contra la sociedad  y  contra todo lo que se inter­



                 ponía entre él y su felicidad  18\


                            El  romanticismo  llevó  al  extremo  su  individualismo  como


                 compensación del materialismo del mundo, y como protección con­


                  tra la hostilidad de la burguesía y el filisteísmo hacia las cuestiones del



                  intelecto.  Quería,  como pretendió hacerlo ya el  prerromanticismo,


                 crearse con su esteticismo una esfera que estuviera aislada del mun­


                 do y en  la que pudiera gobernar sin restricciones.  El clasicismo ba­



                 saba el  concepto de belleza en el de verdad, esto es, en  una medida


                 universalmente  humana  que  dominara  toda  la  existencia.  Pero


                 Musset  invirtió  las palabras  de  Boileau y  proclamaba:  «Rien  n’est


                 vrai que le beau.»  Los románticos juzgaban la vida con los criterios



                 del  arte porque con  esto querían elevarse a una especie de casta sa­


                 cerdotal  superior al  resto de los hombres.  Pero también en su  rela­


                 ción con el arre se expresaba la actitud ambigua que dominaba toda



                 su  concepción  del  mundo.  La problemática de Goethe acerca de  la


                 naturaleza  del  artista continuaba en  el  romanticismo  atormentán­


                 dolos;  el  arte  era considerado por un  lado  como  órgano de  «visión


                 intelectual»,  de  exaltación  religiosa  y  de  revelación  divina,  pero



                 por  otro  lado  se  ponía  en  tela  de  juicio  su  valor  en  la vida  diaria.


                  «El arte es un fruto tentador y prohibido -decía ya Wackenroder-;


                 quien  una vez  ha gustado su  jugo más  íntimo  y  dulce está irremi­



                 siblemente perdido para el mundo activo y viviente. Se hunde cada


                 vez más en-el  rincón de su propio placer...»  Y  «es  tal el veneno del


                 arte que  el artista se  convierte  en  un actor que considera  la totali­


                 dad de la vida como un papel, su escenario como el modelo y el nú­



                 cleo,  y  la vida real  como  la cáscara,  como  una  miserable  imitación


                 remendada»  184.  El  «sistema de  identidad»  de Schelling era,  igual­





                                Louis Maigron, Le r&mantism el les moeurs,  1910, pág.  V.

                                 Cíe.    por  Ricarda         Huch,      Ausbreitung  und  Verfall  der  Romantik,                      1908,  2.a  ed,>

                 pág- 349-






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