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Rococó, clasicismo y romanticismo
Htá mucho más cerca del antiguo teatro popular que el melodra
ma El período de 1815 a 1848 desarrolla una inaudita fecundidad
in este género, al cual, además de las innumerables obras de Scri-
bt, pertenecen un sinnúmero de pequeñas, ligeras y divertidas pie-
M> y piececillas. Podemos hacernos una idea de la alarma de los
literatos ante la extensión y el éxito de estas producciones recor
dando la reacción que acompañó la carrera triunfal del cine. La co
media se había agotado durante la Revolución y la Restauración, de
Igual modo que la tragedia había demostrado ya antes ser estéril; y
ti vaudeville surge como una forma corrompida y grosera de la co
media, lo mismo que el melodrama era una forma corrompida y
grosera de la tragedia. Pero el vaudeville y el melodrama no signifi
can en modo alguno el fin del drama, sino, por el contrario, su re
novación; porque el drama romántico -la forma de Hernani, de
Hugo, y de Antony, de D um as- no fue otra cosa que el mélodrame
parvenú, y el moderno drama de costumbres de los Augier, Sardou
y Dumas hijo, simplemente una variedad del vaudeville 206.
Pixerécourt escribió entre 1798 y 1834 unas ciento veinte
obras, algunas de las cuales fueron representadas muchas miles de
veces. El melodrama dominó durante tres décadas la vida teatral
de París, y su popularidad no decayó sino después de 1830, cuan
do el nivel del gusto del público comenzó a elevarse, y la crudeza
de las obras, su falta de lógica, su insuficiente motivación y su len
guaje antinatural parecieron cada vez más molestos. Pero los ro
mánticos sentían debilidad por el melodrama, y no sólo por hosti
lidad contra los estratos conservadores del público educado, sino
también porque, como consecuencia de su mayor falta de princi
pios, mostraron más comprensión para las cualidades literarias y
meramente teatrales de este género. Charles Nodier se declaró en
seguida partidario entusiasta del melodrama y lo llamó «la seule
tragédie populaire qui convienne á notre époque» 2t>7; y Paul Lacroix
designaba a Pixerécourt como el primer dramaturgo que puso fin al
proceso seguido por Beaumarchais, Diderot, Sedaine y Mercier 20B
.
296 Émile Faguet, Propos de théatre, II, 1905, págs. 299 sigs.
207 W. J. Hartog, op, cit., pág. 51,
206 Ibid.
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