Page 222 - Hauser
P. 222
Rococó, clasicismo y romanticismo
fluías, falsas, inmorales y peligrosas, y estaba profundamente con-
Vtncido de que sus presuntuosos competidores no tenían ni tanto
1Corazón ni tanto sentido de responsabilidad moral como él m . Fa-
|u et advierte con razón a este propósito que hay que creer en los
mamarrachos para hacer mamarrachos buenos y de éxito. D ’Ennery,
por ejemplo, era mejor escritor y persona más inteligente que Pi-
lírécourt, pero escribió sus melodramas sin convicción, única y ex
clusivamente para ganar dinero, y por eso ni siquiera consiguió es
cribir buenos melodramas 2l°. Pixerécourt, por el contrario, creía
Cumplir su propia misión y afirmaba no haber tenido nada que ver
COn la aparición del drama romántico, Pero los románticos le de
bían a él, ante todo, su sentido de las exigencias escénicas y su con-
Hcto con los amplios sectores de público. A él debían el papel que
desempeñaron en la historia de ia aparición de la piéce bien faite y a
él debió todo el siglo XIX el renacimiento del teatro popular vivo,
que, en comparación con el de los siglos XVII y XVIII, era cierta
mente poco escogido y a menudo trivial, pero impidió que el dra
ma, sublimizándose, se convirtiera en mera literatura.
Era destino de este siglo el que cada vez que los elementos poé
ticos se. ponían en vigencia en el drama, su carácter de distracción,
mi eficaciá escénica y su inmediatez de sentimiento amenazaran
marchitarse. Ya en el romanticismo ambos elementos estuvieron en
conflicto, y su antinomia impidió tanto el éxito escénico como la
perforación poética del drama. Alexandre Dumas se inclinaba al
drama vigoroso y bien realizado escénicamente, y Victor Hugo,
ni poema dramático de lenguaje imponente. Sus sucesores se en
frentaron Con la misma elección; hasta la llegada de Ibsen no en
cuentran las dos tendencias contradictorias un equilibrio armóni
co, aunque transitorio.
Inglaterra tuvo su revolución política ya en el siglo XVII, y su
revolución industrial y artística un siglo más tarde; en la época de
la gran polémica entre clasicismo y romanticismo en Francia, ape
nas quedaba nada en Iglaterra de la tradición clásica. El romanticis
209 Pixerécourt, Dernieres réflextons sur le mélodrame, 1843, cit. por Hartog, op, cit.,
1>;ígs. 231 sig,
210 Faguet, op. cit., pág. 318.
223