Page 504 - Hauser
P. 504

Bajo el signo  del  cine







                      nos hace recordar en las obras de Proust y joyce,  Dos Passos y Vir­


                      ginia Woolf,  los  cortes, flous e  interpolaciones  del  cine, y es  senci­


                      llamente  magia  cinematográfica  cuando  Proust  presenta dos  inci­



                      dentes, que pueden estar a treinta años de distancia, estrechamente


                      unidos,  como si sólo  hubiera entre uno y otro dos horas.


                                 En  Proust,  el  pasado  y  el  presente,  los  sueños  y  los  pensa­



                      mientos se dan la mano a través de los intervalos de espacio y tiem­


                      po; la sensibilidad, siempre sobre la pista de nuevos caminos, vaga


                      por el espacio y el tiempo, y los límites de espacio y tiempo se des­



                      vanecen en esta corriente infinita y sin límites de las relaciones m u­


                       tuas:  todo esto corresponde exactamente a aquella mezcla de espa­


                      cio  y  tiempo  en  que  el  cine  se  mueve.  Proust  nunca  menciona


                      fechas ni edades; nunca sabemos exactamente qué edad tiene el hé­



                       roe de su  novela, e incluso  la relación  cronológica de los aconteci­


                       mientos  queda muchas veces  más  bien  vaga.  Las vivencias  y acon­


                       tecimientos  no  están  unidos  por  razón  de  su  proximidad  en  el



                       tiempo,  y  el  intento  de  delimitarlos  y  disponerlos  cronológica­


                      mente sería desde su punto de vista tanto más absurdo cuanto que,


                      en su opinión, todo hombre tiene sus vivencias típicas que se repi­


                       ten  periódicamente.  El  muchacho,  el  joven  y  el  hombre  siempre



                      experimentan  fundamentalmente  las  mismas  cosas;  el  significado


                      de un incidente muchas veces no aparece en el horizonte hasta años


                      después  de  haberlo  experimentado  y  sufrido;  pero  apenas  puede



                      distinguir  nunca  el  cúmulo  de  años  que  han  pasado  desde  la  vi­


                      vencia a la hora presente en que está viviendo.  ¿No es uno en cada


                       momento de su vida el  mismo  niño o el  mismo  inválido o el mis­


                       mo extranjero  solitario con los  mismos  nervios  despiertos,  sensiti­



                      vos y no aplacados?  ¿No es uno en cada situación de la vida la per­


                      sona  capaz  de  vivir  esto y  aquello,  que  posee  en  los  rasgos  que  se


                       repiten de su vivencia la única protección contra el paso del tiem­



                      po? ¿No ocurren todas nuestras vivencias como si existieran al mis­


                       mo tiempo? Y esta simultaneidad, ¿no es realmente la negación del


                       tiempo? Y esta’ negación,  ¿no es una lucha por recobrar aquella in­


                       terioridad de que  el  tiempo y el  espacio físicos nos privan?



                                Joyce  lucha por la misma  interioridad, por el  mismo carácter


                       directo  de  la vivencia,  cuando,  como Proust,  rompe  y  confunde el






                                                                                         505
   499   500   501   502   503   504   505   506   507   508   509