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Bajo el  signo del cine







                      xión de cada nota con todas las que han sonado ya,  de  igual  mane­



                      ra siempre poseemos en nuestras más profundas y vitales vivencias


                      todo  lo que  hemos  vivido  y  hecho  nuestro en  la vida.  Si  nos  com­


                      prendemos a nosotros mismos, leemos nuestras propias almas como



                      una partitura musical, resolvemos el  caos de los sonidos entremez­


                      clados  y  los  transformamos  en  un  conjunto  de  diferentes  voces.


                      Todo arte  es  un  juego con el caos y una lucha con él; está siempre


                      avanzando,  cada vez más peligrosamente,  hacia el  caos,  y rescatan­



                      do  provincias,  cada  vez  más  extensas,  del  espíritu,  de  su  garra.  Si


                      hay algún  progreso en  la historia del  arte,  consiste en el  constante


                      crecimiento de estas provincias  rescatadas  del caos.  Con su análisis



                      del  tiempo,  el  cine  está  en  la  línea  directa  de  esta  evolución;  ha


                      hecho  posible  representar  visualmente  experiencias  que  han  sido


                      previamente expresadas sólo en formas  musicales. No ha aparecido


                      todavía, sin embargo, el artista capaz de llenar esta nueva posibili­



                      dad,  esta forma todavía vacía,  con vida real.


                                 La crisis  del  cine,  que parece estarse convirtiendo  en  una en­


                      fermedad crónica, se debe sobre todo al hecho de que el cine no en­



                      cuentra sus escritores, o, dicho con  mayor precisión, que  los escri­


                      tores  no han encontrado su camino hacia el cine.  Acostumbrados a


                      hacer su voluntad, dentro de sus  cuatro paredes, ahora se les exige


                      que  tengan en cuenta a productores,  directores, guionistas,  opera­



                      dores,  escenógrafos  y  técnicos  de  todas  clases,  aunque  no  reconoz­


                      can la autoridad de este espíritu de cooperación, e incluso ni la mis­


                      ma  idea  de  cooperación  artística  en  absoluto.  Sus  sentimientos  se



                      rebelan contra la idea de que la producción de obras de arte sea so­


                      metida a una entidad colectiva,  a una empresa,  y sienten  como un


                      desprecio al arte el  que un dictado extraño, o,  a lo sumo,  una ma­


                      yoría, tengan la última palabra en decisiones debidas a motivos que



                       muchas veces ellos son incapaces de advertir. Desde el punto de vis­


                      ta del siglo XIX, la situación a la cual se pide al escritor que se rin­


                      da  es  completamente  extraordinaria  y  antinatural.  Las  tareas  ato­



                      mizadas  y  artísticamente  no  vigiladas  del  presente  se  encuentran


                      por primera vez con un principio opuesto a su anarquía.  Porque el


                      mero  hecho de  que  exista una  empresa artística  basada en  la  coo­


                      peración,  es  prueba de una  tendencia integradora de  la cual —si  se







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