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Bajo el  signo  del  cine







                      a la cual no estamos todavía adecuados, lo mismo que la cámara re­


                      cién  inventada anticipó  una técnica artística de la cual  nadie en el



                      mundo conocía realmente la importancia y la fuerza. La reunión de


                      las  funciones  divididas,  en  primer  lugar  la  unión  personal  del  di­


                      rector y del autor,  que se ha surgido como un  medio de superar la


                      crisis,  sería  más  bien  una  evasión  del  problema  que  su  solución,



                      porque impediría, pero no aboliría, la especialización que ha de su­


                      perarse, y no produciría, sino que sólo evitaría la necesidad de pla­


                      nificación que es requerida.  Incidentalmente, el principio monísti-



                      co-individual en la distribución de las varias funciones, en lugar de


                      una  división  del  trabajo  colectivamente  organizada,  corresponde,


                      no sólo  exteriormente  y desde el punto de vista  técnico,  a un  mé­


                      todo de  trabajo de aficionado,  sino  que también  implica  una  falta



                      de  tensión  interior que  recuerda  la simplicidad  del  cine de  aficio­


                      nados.  ¿O es que todo el esfuerzo de lograr una producción de arte


                      basada en la planificación ha sido sólo una alteración temporal,  un



                      mero episodio, que ahora es barrido otra vez por la corriente pode­


                      rosa del  individualismo?  ¿Puede  el  cine quizá  no  ser el  comienzo


                      de  una  nueva era  artística,  sino  únicamente  la  continuación  de  la


                      vieja cultura individualista,  aún  llena de vitalidad, a la cual  debe­



                      mos  el  conjunto  del  arte  posterior  a  la Edad  Media?  Sólo  si  fuera


                      así sería posible  resolver la crisis  del cine por la unión personal  de


                      ciertas  funciones,  esto  es,  abandonando  en  parte  el  principio  del



                      trabajo colectivo.


                                La crisis del cine está,  sin embargo,  relacionada con una crisis


                      en el público mismo. Los millones y millones que llenan los muchos


                      millones de cines que hay en el mundo, desde Hollywood a Shangai



                      y de Estocolmo a El  Cabo,  cada día y cada hora, esta única liga de


                      la humanidad extendida a todo el mundo tiene una estructura social


                      muy confusa. El único vínculo entre estas gentes es que afluyen a los



                      cines, y vuelven a salir tan amorfas como se volcaron en ellos; siguen


                      siendo una masa heterogénea, inarticulada, informe, cuyo único ras­


                      go común  es  el  de  no pertenecer a una clase  o cultura uniforme,  y


                      en  la que se entrecruzan  todas  las  categorías  sociales.  Esta masa de



                      asistentes al cine apenas puede llamarse propiamente un  «público»,


                      porque sólo cabe describir como tal a un grupo más o menos cons­







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