Page 217 - La iglesia
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Juan Antonio se despidió de su hijo Carlos en el descansillo de la casa de su

               suegra. Hortensia, siempre discreta, regresó al salón y les dejó solos. Ramón
               exigió su lugar en la despedida meneando el rabo, ajeno al drama y buscando
               caricias. Carlos no entendió la lágrima que rodó por la mejilla de su padre al
               decirle adiós.

                    —Quédate conmigo, papá —le rogó, abrazándose a él con fuerza. Hacía
               años  que  no  se  abrazaban,  mucho  antes  de  la  crisis  de  Marisol,  y  Juan
               Antonio se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos ese gesto de
               cariño con su hijo.

                    —Tengo algo importante que hacer esta noche. Algo que, si me sale bien,
               hará que esta pesadilla termine.
                    Carlos  se  separó  un  poco  de  su  padre  para  mirarle.  Su  rostro  denotaba
               alarma.

                    —¿Qué tienes que hacer? Me estás asustando más de lo que estoy…
                    —No puedo decírtelo, Carlos, lo siento. —⁠Juan Antonio cogió la cabeza
                                                                                  ⁠
               de su hijo entre las manos y le dedicó una mirada tierna—. Confía en mí. Y
               pase lo que pase, no dudes ni un segundo que te quiero.

                    Juan  Antonio  se  despidió  de  él  con  un  nudo  en  la  garganta.  Veinte
               minutos  después,  detenía  su  Toyota  en  la  estación  de  servicio  del  muelle
               Alfau, la más recóndita de Ceuta, para llenar de gasolina una garrafa de doce
               litros rescatada del trastero. La vieja palanca reposaba en el maletero, junto a

               cinco botellas de cerveza vacías y un embudo de plástico. Miraba a un lado y
               a otro mientras manejaba él mismo la manguera. Gasolina normal, barata, con
               más  plomo  que  un  regimiento  de  húsares  de  54  milímetros.  El  empleado
               andaba absorto en los mundos de WhatsApp, así que no le molestó. Mejor.

               ¿Qué  podía  contestar  si  le  preguntaba  por  qué  cargaba  una  garrafa  con
               gasolina? Ni siquiera sabía si era legal hacerlo. «Es para pegarle fuego a una
               talla  barroca  dentro  de  una  iglesia,  pero  le  doy  diez  euros  si  me  guarda  el
               secreto».

                    Guardó la garrafa en el maletero, pagó en efectivo y se marchó. El joven
               ni siquiera le miró a la cara. Bien.
                    Regresó a su garaje y se metió en el trastero. En la sordidez del mismo,
               con ese tufo a humedad de los cuartillos subterráneos, utilizó el embudo para

               fabricar los cócteles molotov. No le resultó difícil: el vídeo que encontró en
               internet era claro y explícito. Una vez listos, salió al exterior con su teléfono
               móvil y volvió a llamar al padre Félix. Un último intento.
                    Esta vez, respondió.
                                                           ⁠
                    —Estaba esperando tu llamada —le dijo el sacerdote.




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