Page 477 - El Islam cristianizado : estudio del "sufismo" a través de las obras de Abenarabi de Murcia
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466 Parte III.— Textos: Fotuhat, 11, 432
su conversación, o su trato, o besarla y abrazarla, si al fin llegamos a
conseguir eso que amamos, no por eso cesa nuestro amor, mientras es-
tamos abrazados o unidos a ella; por consiguiente, no siempre el ob-
jeto del amor es algo que no existe.
A esto respondo que estás en un error; porque cuando tú abrazas
a aquella persona [432], cuyo abrazo, compañía o trato ansiabas, el
objeto al cual entonces se adhiere tu amor, no es aquello que ya has
conseguido, sino la duración, la persistencia de eso mismo. Ahora bien:
la persistencia y repetición es algo que en aquel instante no existe, no
ha entrado aún en la categoría de lo real, y así indefinidamente. Luego
el objeto de la adhesión amorosa, en el instante en que el amante ha
alcanzado la unión, es también algo que no existe, es decir, la conti-
nuidad de dicha unión.
Otra de las propiedades del amor consiste en que el amante conci-
lia en su amor dos extremos contrarios, siempre que se trata de un
amante dotado de libre albedrío, pues en esto difiere el amor físico del
amor espiritual: el hombre solo es el que puede conciliar en su amor
dos términos contrarios; los animales irracionales aman, pero sin rea-
lizar tal conciliación, privilegio exclusivo del hombre, porque sólo el
hombre ha sido hecho a imagen de Dios, el cual también se atribuye a
sí mismo epítetos contrarios cuando dice (1): "El es el primero y el
último, el manifiesto y el oculto."
La forma en que se realiza esta conciliación de los contrarios en el
amor es la siguiente: una de las cualidades inseparables del amante
es amar la unión con el amado; otra de esas cualidades es amar lo
que ama el amado. Supongamos, pues, que el amado ama la separa-
ción. En este caso, si el amante ama la separación, hará lo que el amor
no exige, pues el amor reclama la unión. Y si ama la unión, hará lo
que el amor no exige tampoco, pues el amante debía amar lo que ama
su amado, y no lo hace. Por consiguiente, el amante está sometido a
litigio en todos los casos.
El colmo de la conciliación entre estos dos extremos contrarios con-
(1) Alcorán, LVII, 3.