Page 481 - El Islam cristianizado : estudio del "sufismo" a través de las obras de Abenarabi de Murcia
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no], otorgando a los habitantes de una y otra el disfrute de una vida
dichosa, después de haberlos purificado con el castigo que les haya im-
puesto. ¿No ves acaso el condenado a la pena capital cómo queda por
la muerte purificado de la culpa que cometió asesinando injustamente
a su víctima? La espada [del verdugo] es la expiadora. De la misma
manera, pues, todas las penas que la ley impone en este mundo sirven
de purificación a los creyentes, aunque sean tan leves como la picadura
de la pulga o la punzada de una espina. Pero hay otros creyentes a
quienes las penas se les aplican en el otro mundo, en el fuego, para
que allí se purifiquen y puedan después ser objeto de la misericordia di-
vina en el mismo infierno, según los eternos designios de la amorosa
providencia de Dios, aunque no salgan del infierno.
Infiérese de aquí que el amor de Dios a sus siervos no puede de-
cirse que tenga principio ni fin, pues no está sometido a las innovacio-
nes temporales ni a los accidentes; antes por el contrario: el amor de
Dios a sus siervos se identifica con el comienzo de la existencia de los
seres, tanto los que han existido primero, como los que han existido des-
pués y así indefinidamente; de modo que la relación entre el amor divi-
no y los seres se indentifica con la relación entre estos seres y su propia
realidad. Y esto, en cualquier estado o modo de ser en que se los consi-
dere: lo mismo en su estado de no-ser, que en su estado de realidad ob-
jetiva. El amor divino está con los seres objetivos, lo mismo que cuan-
do no son reales, pues también entonces son conocidos por Dios, que
los ve y los ama desde toda la eternidad, como eternamente los verá y
los amará, ya que repugna atribuir a Dios algo nuevo que ya no posea
desde toda la eternidad. Es más: Dios no ha cesado jamás de amar a
sus criaturas, como jamás ha cesado de conocerlas. Por consiguiente,
aquellas palabras suyas: "Amé ser conocido", son, sí, una explicación
de la manera como realmente se verificó la obra de la creación; pero
entendidas según exige la majestad de Dios, porque no se concibe a
Dios, sino obrando, creando. De modo que cada una de las esencias
de los seres posibles, en su estado de no-ser, es conocida por Dios, que
ama hacerla existir. Después, Dios hace nacer la existencia para ella, o
mejor, en ella, o mejor aún, la viste con el manto de la existencia.