Page 487 - El Islam cristianizado : estudio del "sufismo" a través de las obras de Abenarabi de Murcia
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476         Parte 111.—Textos: Fotuhat,  11, 436
          "Tú no te has preocupado jamás en pensar en tu esencia ni en tu
        existencia: ¿es que tú has existido siempre como ahora, por tu esencia
        misma, o es que hubo un tiempo en que no eras y después comenzaste
        a ser?"
          Respondió el alma: "Yo no existía y después existí."
          Dijo la razón: "Y ese ser que te ha hecho existir ¿eres tú misma o
        alguien  distinto de  ti?  Discurre,  reflexiona atentamente, empléame,
        pues que para esta función estoy yo aquí."
          Reflexionó el alma y las pruebas racionales hiciéronle comprender
        que ella no existía por sí misma, sino por un ser distinto de ella; y que
        esta necesidad de un creador era para ella esencial, lo infirió de que ella
        tenía conciencia de ser sujeto de dolores físicos; necesitaba, por tanto,
        de las causas habituales que hacen desaparecer esos dolores; por esta
        necesidad comprendió que mucho más necesitada estaba de una causa
        que le diese la existencia misma (1).
          Una vez que el alma estuvo segura de que ella había comenzado a
        existir, y de que tenía una causa que la había creado, siguió razonando
        y averiguó que no era conveniente que aquella causa fuese semejante a
        ella, es decir, pobre e indigente como ella, ni que fuese tampoco aná-
        loga a las causas que ella empleaba para curar sus dolores físicos,
        pues ella había experimentado que dichas causas comenzaban a exis-
        tir después de no ser y eran además susceptibles de alteraciones y de
        corrupción. De donde dedujo que el Creador, que a ella habíale dado el
        ser, había también creado a todos los seres semejantes a ella, así a
        los fenómenos, como a las causas que curaban sus dolores; y tuvo ya
        por cierto que existía un determinado ser, sin cuya intervención ella
        habría continuado aquejada de enfermedades y dolencias, y a cuya
        misericordia para con ella debía atribuir la creación de aquellas causas
        destructoras de sus dolores.
          Ahora bien, el alma había amado hasta entonces a dichas causas,
        y hacia ellas había corrido por impulso natural. Pero [desde aquel
          (1)  Si  el alma necesita de causas, extrañas a  ella, para evitar los dolores
        físicos, a fortiori necesitará de una causa, extraña a  ella, para dars^ a  si mis-
        ma la existencia.
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