Page 64 - La otra cara del sol
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LA ABUELA Y LA TÍA Albita se quedaron con nosotros hasta nuestra partida a

               los diferentes sitios de vacaciones. Nos ayudaron a preparar las maletas. Monona
               y José andaban tan pegados a la abuela y a la tía Albita que papá no pudo menos
               que felicitarse de haber decidido mandarlas con ellas de vacaciones.


               Papá contrató un taxi para que los llevara hasta el pueblo de la tía. La algarabía
               de Nena, José y Monona era a tal grado ensordecedora que papá amenazó con
               que se quitaría el cinturón, pero lo que los calmó rotundamente fue la amenaza
               de la abuela:


               —Guarden silencio o no me los llevo.

               Se pusieron como corderos y papá la miró agradecido.


               Se fueron al final de la mañana, felices. Al día siguiente le tocó el turno a Coqui
               y al Negro, que como convenido aprovechaban el viaje que la señorita Elvira
               hacía a la capital para irse con ella.


               Dos días después fue mi turno. Papá y Tatá me acompañaron al aeropuerto
               temprano en la mañana. Estaba nerviosa. Nunca me había subido en un avión.
               Papá me aseguró que era el transporte más fiable del mundo. Al despedirme me

               colgué del cuello de papá como si no quisiera irme.

               —A ver, que te va a dejar el avión —me dijo dulcemente—. Ismael y su familia
               te esperan, también el mar...


               Le sonreí agradecida. El siempre sabía cómo hablarme.


               Me recomendaron a una azafata que me guió hasta mi silla y me puso el cinturón
               de seguridad. Me sentí como un bebé pero no me importó.


               Cuando el avión despegó sentí que la cabeza se me separaba del cuerpo y me
               aferré a los brazos de la silla mientras apretaba mis párpados con fuerza.


               —Pero no, abre los ojos. —Oí una voz casi al oído. Era el hombre que estaba en
               la silla contigua—. ¿Es la primera vez que te subes a un avión? —me preguntó.
               Asentí con la cabeza, sin soltar los brazos de la silla.


               —No tengas miedo. Estás probando uno de los inventos más grandes que el
               hombre haya hecho. Yo paso mi vida en aviones, por mi trabajo. Mira qué
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