Page 64 - Tratado sobre las almas errantes
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almas humanas separadas del cuerpo, para que la voluntad se petrifique, si se nos permite la
expresión, en esa decisión? ¿No sería más adecuado a la antropología humana, a la psicología del
alma, pensar que en los momentos posteriores a nuestra muerte, seguimos siendo nosotros mismos
y que Dios nos da un tiempo para la comprensión?
Todos conocemos a personas de nuestro entorno, familiares, amigos, vecinos, que sin amar a
Dios, consideramos que sería muy duro, muy riguroso, el que se les condenara eternamente. Todos
tenemos conocidos a los que hemos tratado en profundidad, y tenemos la sensación de que la eterna
condenación parece que sería excesiva para ellas, dado que tampoco hicieron males espantosos y
terribles. Ciertamente, dado su estado, no pueden entrar en el Reino de los Cielos. Pero también
parece más de acuerdo a la benignidad de Dios, que Él les otorgue un tiempo para reflexionar
viendo el mundo desde fuera de la vida en este mundo. Sea un tiempo o no lo que se les conceda,
parece claro que tiene que existir un aliquid post mortem (algo tras la muerte) que determine a las
personas con una decisión que tenga ínsita una razón de eternidad. De lo contrario, esos pecados de
debilidad, esa falta de fe, no parecen ser razón suficiente para una pena de un peso tan
incomensurable. La cuestión es si ese aliquid post mortem es un tiempo o se reduce a una gracia.
Parece más adecuado a la psicología humana, que se les dé un tiempo.
4.2 Crítica a los argumentos anteriores
Ciertamente que no se ve una imposibilidad absoluta per se en prolongar el tiempo de la
misericordia divina hasta el Juicio Final, ¿pero por qué no alargarla durante toda la eternidad? ¿Qué
razón psicológica habría para no poder cambiar el destino propio y regresar al Bien, aun mucho
después del Juicio Final? Afirmamos que eso no es posible, porque así nos lo enseña la Sagrada
Escritura al hablarnos de la eternidad de las penas. Pero hemos de reconocer que nos es desconocida
la razón plena del carácter irreversible de una decisión humana, que como decisión humana parece
que podría admitir un cambio de opinión en el sujeto. Si admitimos que la determinación definitiva
del alma tras el Juicio Final se debe a una razón para nosotros desconocida, no hay problema en
admitir que esa misma razón ignota también puede actuar en el preciso momento de la muerte. En el
fondo, ambas concepciones, tanto la de la inmediata determinación definitiva tras la muerte, como
la intermediacionista, son en esencia iguales. Sólo que una sitúa esa transformación en el momento
de la muerte, y la otra la sitúa post mortem, sin que esta segunda añada ningún elemento esencial
nuevo.
Por otra parte, está el hecho de que uno muere en el momento que Dios determina. La
existencia de un Ser Infinito que tiene pleno dominio sobre todas las causas, implica que nadie
muere por casualidad. Por tanto, la muerte nunca llega demasiado pronto, siempre llega en la hora
en la que el Omnipotente sabe que es el momento perfecto. ¿Para qué alargar el tiempo, cuando la
hora es la perfecta?
A esto hay que añadir otro dato, el momento temporal de la muerte puede alargarse
subjetivamente de un modo notable, de forma que el sujeto viva ese espacio de tiempo con una
lentitud y consciencia equivalente a un gran periodo de tiempo terreno. De forma que el tiempo
objetivo y el tiempo subjetivo en el momento de la muerte pueden ser extraordinariamente diversos.
La vivencia del tiempo puede alargarse, ralentizarse, profundizarse, en lo que aparentemente
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