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la parte posterior del cuello, con la cabeza echada hacia atrás. Recordaba que su
madre se lo indicaba a Georgie, que a veces había tenido hemorragias nasales.
Oh, pero pensar en George dolía.
Sólo cuando los pasos de búfalo de los gamberros se perdieron completamente
por Los Barrens y cuando la hemorragia nasal cesó, fue que le atacó el asma.
Eddie comenzó a jadear para aspirar el aire, abriendo y cerrando las manos; su
respiración sonaba como un silbido de flauta.
--¡Mierda! -jadeó-. ¡Asma! ¡Cuernos!
Rebuscó a tientas su inhalador y por fin lo sacó del bolsillo. Parecía un bote de
limpiacristales. Se lo puso en la boca y apretó el gatillo.
--¿Mejor? -preguntó Bill.
--No. Está vacío. -Los ojos de Eddie estaban llenos de pánico.
El inhalador vacío cayó de su mano. El arroyo seguía riendo entre dientes, como
si no le importara que Eddie Kaspbrak apenas pudiera respirar. Bill pensó,
caprichosamente, que los gamberros habían acertado en una cosa: aquello había
sido un diquecito de mierda. De pronto sintió una furia sorda.
--T-t-tómatelo con c-c-calma, EEddie -dijo.
Durante los cuarenta minutos siguientes, Bill permaneció sentado junto a su
amigo, con la esperanza de que el ataque de asma cesara, desvaneciéndose
gradualmente. Cuando apareció Ben Hanscom, su inquietud se había convertido
en auténtico miedo. El ataque, en vez de pasar, estaba empeorando. Y la farmacia
de Center Street, estaba casi a cinco kilómetros. ¿Y si él iba a buscar el
medicamento y al volver encontraba a Eddie inconsciente? Inconsciente o (no,
mierda, por favor no pienses eso) o muerto, insistió su mente, implacable. "Como
Georgie, muerto como Georgie." "¡No seas gilipollas! ¡No se va a morir!"
No, probablemente no. Pero ¿y si al volver encontraba a Eddie en coma? Bill
sabía mucho de comas; hasta había deducido que se llamaban así por las comas
de los dictados. Después de todo, ¿qué era una coma sino una pausa que detenía
el cerebro? En los seriales de doctores, como Ben Casey, la gente siempre estaba
cayendo en coma y a veces se quedaban así, a pesar de todos los esfuerzos de
Ben Casey.
Por eso se quedó allí, sabiendo que debía irse, que no le hacía ningún bien a
Eddie quedándose allí, pero no quería dejarlo solo. Una parte de él, irracional y
supersticiosa, estaba segura de que Eddie caería en coma en cuanto él le volviera
la espalda. Entonces miró corriente arriba y vio a Ben Hanscom. Conocía a Ben,
por supuesto; el chico más gordo de una escuela siempre goza de una desdichada
notoriedad. Ben estaba en el otro quinto curso. Bill solía verlo en el recreo,
siempre solo, habitualmente en un rincón, leyendo un libro o comiendo el almuerzo
que llevaba en una bolsa que parecía un saco de lavandería.
En ese momento, al mirarlo, Bill lo encontró aún peor que a Henry Bowers.
Aunque costara creerlo, era cierto. Bill no sabía qué batalla habían librado esos
dos. Ben tenía el pelo levantado en picos absurdos, apelmazados por la mugre.
Su jersey o sudadera (nadie habría podido decir qué había sido al comenzar el
día, y ya no importaba) era un harapo sucio, manchado con una asquerosa mezcla
de sangre y pasto. Sus pantalones habían desaparecido a la altura de las rodillas.
Ben vio que Bill lo miraba y retrocedió con ojos cautos.