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alcanzándolo-. Hola, Bill, vaya, te perdimos de vista por un rato, pero aquí
                estamos; reuniéndose con él, trepándole por la camisa para saltarle al oído,
                precipitándose al interior de su cerebro como chiquillos por un tobogán. Sintió que
                se acomodaban en sus sitios habituales, empujándose mutuamente con sus
                cuerpos febriles. ¡Vaya! ¡Qué bien! ¡Ya estamos otra vez en la cabeza de Bill!
                ¡Pensemos en George! Bueno, ¿quién empieza?
                   "Piensas demasiado, Bill."
                   No, ése no era el problema. El problema era que imaginaba demasiado.
                   Giró hacia un callejón y salió, pocos segundos después, en Center Street,
                pedaleando lentamente, sintiendo el sudor que le corría por la espalda. Desmontó
                de Silver frente a la farmacia Center y entró.



                   6.


                   Antes de la muerte de George, Bill le habría planteado los puntos principales del
                asunto a Mr. Keene, hablando con él. Aunque el farmacéutico no era exactamente
                amable (al menos eso pensaba Bill), tenía paciencia y no se burlaba. Pero en esa
                época la tartamudez de Bill estaba mucho peor y él temía que, si no se daba prisa,
                le pasara algo a Eddie.
                   --Hola, Billy Denbrough, ¿en qué puedo servirte? -dijo el señor Keene.
                   Bill tomó un folleto de vitaminas y escribió en el dorso: "Eddie Kaspbrak y yo
                estábamos jugando en Los Barrens. Tiene un grave ataque de asma, casi no
                puede respirar. ¿No puede darme un recambio para su inhalador?"
                   El señor Keene leyó la nota, echó un vistazo a los afligidos ojos azules de Billy
                dijo:
                   -Por supuesto. Espérame aquí y no toques lo que no debas.
                   Bill cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro, impaciente, mientras el señor
                Keene buscaba en el mostrador trasero. Aunque no tardó más de cinco minutos, el
                chico tuvo la sensación de que había tardado un siglo en volver con uno de los
                botes de plástico flexible que usaba Eddie. Se lo entregó a Bill, diciendo:
                   --Esto debería solucionar el problema.
                   --G-g-gracias -dijo Bill-. No tttengo d-d-d...
                   --No importa, hijo. La señora Kaspbrak tiene cuenta. Se lo anotaré. Ella te estará
                agradecida por lo que has hecho.
                   Bill, aliviado, dio las gracias al señor Keene y se marchó a toda prisa. El
                farmacéutico abandonó el mostrador para observarlo. Vio que Bill arrojaba el
                inhalador en el cestillo y subía a la bicicleta. "¿Es posible que domine semejante
                bicicleta? -se preguntó-. Lo dudo." Pero el chico Denbrough se las compuso para
                alejarse pedaleando lentamente. La bicicleta, que a los ojos del señor Keene era
                un mal chiste, se balanceaba descabelladamente mientras el inhalador rodaba en
                el cestillo.
                   El señor Keene sonrió. Si Bill hubiera visto esa sonrisa, habría confirmado su
                opinión de que el señor Keene no era, exactamente, el campeón de la simpatía.
                Era una sonrisa agria, la del hombre que ha encontrado mucho que cuestionar
                pero poco que enaltecer en el género humano. Sí, agregaría la medicación para el
                asma a la cuenta de Sonia Kaspbrak y ella, como siempre, se sorprendería (con
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