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Súbitamente, una sonrisa le cruzó la cara. Algo en la cualidad de esa sonrisa
                hizo que Bradley diera un paso atrás, sorprendido e inquieto. Tal vez lo que vio en
                ella fue, simplemente, que después de haberse enredado con Henry Bowers y
                salir indemne, no una sino dos veces, Ben Hanscom no iba a dejarse aterrorizar
                por el escuálido de Bradley Donovan, que tenía las manos llenas de verrugas
                además de ese catastrófico ceceo.
                   --Claro, y después se me echarán todos encima -dijo Bradley, dando otro paso
                atrás. Su voz había tomado un tono incierto y había lágrimas en sus ojos-. ¡Zon
                todoz unoz trampozoz!
                   --Retira lo que has dicho de ella -repitió Ben.
                   --No importa, Ben -dijo Beverly. Tendió a Bradley el puñado de monedas-. Toma
                las tuyas. De cualquier modo, yo no jugaba por el dinero.
                   Desde las pestañas inferiores de Bradley resbalaron lágrimas de humillación.
                Dio un golpe en la palma de Beverly tirándole las monedas al suelo, y corrió hacia
                Center. Los otros se quedaron mirándolo, boquiabiertos. Cuando estuvo a
                distancia segura, Bradley giró en redondo para gritar:
                   --¡Lo que paza ez que erez una perra! ¡Trampoza, trampoza! ¡Tu madre ez una
                puta!
                   Beverly ahogó una exclamación. Ben corrió hacia Bradley, pero sólo consiguió
                tropezar con un cajón vacío e irse de bruces. Bradley había desaparecido y el
                gordo se dio cuenta de que no se dejaría alcanzar. Entonces volvió junto a Beverly
                para ver si estaba bien. Esa palabra lo había espantado tanto como a ella.
                   Beverly vio preocupación en su rostro. Abrió la boca para decir que estaba bien,
                que no se afligiera, que los palos y las piedras rompen los huesos pero que los
                insultos no hacen daño... y de pronto aquella extraña pregunta que su madre le
                había hecho
                   (¿alguna vez te toca?)
                   volvió a ella. Extraña pregunta, sí; simple pero llena de matices ominosos, turbia
                como café frío. En vez de decir que los insultos jamás le harían daño, rompió en
                llanto.
                   Eddie la miró, incómodo, sacó el inhalador del bolsillo y se lo llevó a la boca.
                Después se agachó y empezó a recoger los centavos desparramados, con
                expresión concentrada.
                   Ben se acercó a ella para consolarla, pero se detuvo. Era demasiado bonita.
                Ante una cara tan bonita, se sentía inerme.
                   --Anímate -le dijo, sabiendo que sonaba idiota, pero sin que se le ocurriera nada
                más útil. Le tocó ligeramente los hombros (ella se había cubierto la cara con las
                manos para ocultar sus ojos mojados y sus mejillas abotagadas), pero apartó los
                dedos como si ella quemara. listaba tan enrojecido que parecía al borde de una
                apoplejía-. Anímate, Beverly.
                   La chica bajó las manos y exclamó, con voz aguda, furiosa:
                   --¡Mi madre no es una puta! Es... ¡es camarera!
                   Ben la miró boquiabierto. Eddie levantó la vista desde los adoquines con las
                manos llenas de monedas. Y de pronto los tres rompieron a reír histéricamente.
                   --¡Camarera! -cloqueó Eddie. Sólo tenía una vaga idea de lo que significaba
                puta, pero esa comparación le parecía divertida ¡Eso es tu madre!
                   --¡Sí, sí, eso! -exclamó Beverly, riendo y llorando al mismo tiempo.
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