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Bill, sin prestar atención a la mano, abrazó a Mike. Su amigo le devolvió el
                abrazo con firmeza.
                   --Nosotros nos ocuparemos de lo que va mal, Mike, sea lo que sea -dijo Bill. Oyó
                en su garganta el sonido áspero de las lágrimas, pero no le importó-. Ya lo
                derrotamos una vez. Pp-podemos hacerlo otra v-v-vez.
                   Mike se apartó, sujetándolo con los brazos estirados; aunque seguía sonriendo
                había demasiado brillo en sus ojos. Sacó un pañuelo y se los enjugó.
                   --Claro, Bill -dijo-. Seguro.
                   --¿Quieren seguirme, caballeros? -preguntó la mujer.
                   Era una sonriente oriental que vestía un delicado kimono rosa con un dragón de
                cola enroscada. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño sobre la cabeza y
                sujeto con peinetas de marfil.
                   --Podemos ir solos, Rose -dijo Mike.
                   --Muy bien, señor Hanlon. -Les sonrió a ambos-. Creo que les une una buena
                amistad.
                   --Creo que sí -dijo Mike-. Por aquí, Bill.
                   Lo condujo por un corredor en penumbras, más allá del comedor principal, hacia
                una puerta donde pendía una cortina de cuentas.
                   --¿Los otros...? -empezó Bill.
                   --Ya están todos aquí-dijo Mike-. Todos los que pudieron venir.
                   Bill vaciló ante la puerta por un momento, súbitamente asustado. No era lo
                desconocido lo que le asustaba, no era lo sobrenatural; era saber que medía
                treinta centímetros más que en 1958 y que había perdido la mayor parte de su
                pelo. De pronto se sintió intranquilo, casi aterrorizado, ante la perspectiva de
                verlos a todos otra vez, con las caras de niño casi gastadas, casi sepultadas bajo
                el cambio, como el viejo hospital. Bancos erigidos dentro de cabezas donde, en
                otros tiempos, se elevaron mágicos palacios de imágenes.
                   "Hemos crecido -pensó-. No pensamos que pasaría esto en aquel entonces. A
                nosotros no. Pero así fue y si entro será realidad. Ahora todos somos adultos."
                   Miró a Mike, desconcertado.
                   --¿Que aspecto tienen? -se oyó preguntar con voz insegura-. Mike... ¿qué
                aspecto tienen?
                   --Entra y lo sabrás -respondió Mike con amabilidad.
                   Y condujo a Bill al interior de la pequeña sala privada.



                   2. Bill Denbrough echa un vistazo.


                   Quizá fue la penumbra de la habitación lo que provocó la ilusión que duró sólo
                un brevísimo instante, pero Bill se preguntaría, más tarde, si había sido una
                especie de mensaje dirigido a él: que el destino también podía ser bondadoso.
                   En ese breve instante él tuvo la sensación de que ninguno de ellos había
                crecido, de que sus amigos habían actuado como Peter Pan y aún eran niños.
                   Richie Tozier se había echado atrás en su silla, balanceándola contra la pared y
                estaba diciendo algo a Beverly Marsh, que tenía una mano sobre la boca para
                disimular una risita. Richie tenía una sonrisa de bromista perfectamente familiar. Y
                allí estaba Eddie Kaspbrak, sentado a la izquierda de Beverly. En la mesa, frente a
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