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Rogan. Momentáneamente, por supuesto, pero aun eso era mucho tiempo. No
importaba el motivo. Esas cosas no debían suceder en su casa por ningún motivo.
Dentro del armario había un gancho del que colgaba una ancha correa de cuero
negro. No tenía hebilla, él se la había quitado hacía mucho tiempo. Estaba
doblada en el extremo donde debía haber estado la hebilla y esa sección formaba
un lazo en el cual Tom Rogan deslizó la mano.
"¡Te has portado mal, Tom! -había dicho su madre, algunas veces. Bueno, tal
vez correspondía decir, antes bien, "con frecuencia"-. ¡Ven aquí, Tommy! Tengo
que darte una paliza." Una paliza...
Había sido el mayor de cuatro hijos. Tres meses después de nacer la menor,
Ralph Rogan había muerto. Bueno, tal vez no correspondía hablar de morir, sino
de suicidarse, puesto que había mezclado una generosa cantidad de lejía,
endiablado brebaje que tragó sentado en el inodoro. La señora Rogan consiguió
trabajo en la planta de Ford. Tom, aunque sólo tenía once años, se convirtió en el
hombre de la familia. Y si fallaba, si la nena se ensuciaba en los pañales después
de que se iba la niñera y el cagarro todavía estaba allí cuando mamá llegaba a
casa... si él se olvidaba de cruzar a Megan en la esquina de Broad Street, después
del parvulario y lo veía esa entrometida de la señora Gant... si Joey hacía un
desastre en la cocina mientras él miraba América y su música... si ocurría
cualquiera de estas cosas o un millar de otras nimiedades, entonces, cuando los
otros chicos estaban ya en la cama, salía a relucir el palo de los castigos y la
invocación: "Ven, Tom. Tengo que darte una paliza."
Mejor ser el palizador que el apalizado.
Eso, al menos, lo tenía bien aprendido desde que circulaba por la gran autopista
con peaje de la vida.
Por lo tanto, sacudió el extremo suelto del cinturón y ajustó el lazo a su mano.
Luego cerró el puño. Era una agradable sensación. Lo hacía sentir adulto. La
banda de cuero pendía de su puño cerrado como una serpiente negra, muerta. El
dolor de cabeza se le había ido.
Beverly había encontrado una última cosa en el fondo del cajón: un viejo sostén
de algodón blanco con copas reforzadas. La idea de que esa tardía llamada
pudiera ser de un amante surgió por un instante en la mente de Tom y se hundió
otra vez. Era ridículo. Una mujer que va al encuentro de su amante no reúne
blusas viejas y ropa interior de algodón raído. Además, ella no era capaz.
--Beverly -dijo suavemente.
Ella giró, sobresaltada, con los ojos bien abiertos, la cabellera suelta.
El cinturón vaciló... Tom la miró, sintiendo otra vez intranquilidad. Sí, se la veía
como cuando estaban por hacer las grandes exhibiciones, pero en esas ocasiones
él no se entrometía comprendiendo que, por estar llena de miedo y agresividad
competitiva, era como si su cabeza estuviera inflada con gas combustible; bastaría
una chispa para que estallara. Esas exhibiciones no habían sido, para ella, la
oportunidad de separarse de Delia Fashions para hacer carrera (y hasta fortuna)
por cuenta propia. Eso no habría importado. Pero si eso hubiera sido todo, ella no
habría tenido ese talento atroz. Para ella, esas exhibiciones habían sido una
especie de superexamen en el cual debía medirse con fieros maestros. Lo que ella
veía en esas ocasiones era cierta bestia sin rostro. No tenía rostro, pero sí
nombre: Autoridad.