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ceja. La miró bizqueando, mientras se levantaba lentamente, y ella vio que tenía
                gotas de sangre en los calzoncillos.
                   --Dame ese cinturón -ordenó.
                   Ella, en cambio, se lo envolvió dos veces en la mano y lo miró desafiante.
                   --Deja eso, Bev. Ahora mismo.
                   --Si te acercas, te mataré a latigazos. -Las palabras surgían de su boca, pero le
                parecía imposible estar pronunciándolas. Y de cualquier modo, ¿quién era aquel
                cavernícola de calzoncillos ensangrentados? ¿Su esposo, su padre? ¿El amante
                de sus tiempos de universidad, el que le había roto la nariz una noche, al parecer
                por capricho? "Oh, Dios, ayúdame -pensó-. Ahora ayúdame." Y su boca seguía
                hablando-. Sabes que puedo. Eres gordo y lento, Tom. Me voy, y creo que no
                volveré. Creo que esto ha terminado.
                   --¿Quién es ese tal Denbrough?
                   --Olvídalo. Fui...
                   Se dio cuenta, casi demasiado tarde, de que la pregunta había sido una treta
                para distraerla. Tom cargó antes de que la última palabra hubiera surgido de su
                propia boca. Beverly describió un arco con el cinturón y el ruido que produjo al
                chocar contra la boca de Tom fue el de un corcho empecinado al salir de la
                botella.
                   Tom chilló, apretándose las manos contra la boca, con los ojos enormes,
                doloridos, espantados. Por entre los dedos comenzó a escurrirse la sangre.
                   --¡Me has roto la boca, puta! -aulló, sofocado-. ¡Ah, Dios, me has roto la boca!
                   Volvió a atacarla, estirando las manos, con la boca convertida en un manchón
                rojo. Sus labios parecían partidos en dos puntos. Uno de sus incisivos había
                perdido la corona. Ante la mirada de beverly, él la escupió a un lado. Una parte de
                ella retrocedía, apartándose de esa escena, asqueada y gimiendo, con el deseo
                de cerrar los ojos. Pero la otra Beverly sentía la exaltación de un condenado a
                muerte liberado por un terremoto. A esa Beverly le gustaba todo aquello. "¡Ojalá te
                la hubieras tragado! -pensaba ella-. ¡Ojalá te hubieras ahogado con ella!"
                   Fue esa última Beverly la que descargó el cinturón por última vez, el mismo
                cinturón con que él la había golpeado en las nalgas, las piernas y los pechos. El
                cinturón que él había usado incontables voces en los últimos cuatro años. La
                cantidad de golpes recibidos dependía de lo mal que una se portara. ¿Tom llega a
                casa y la cena está fría? Dos latigazos. ¿Bev se queda trabajando hasta tarde en
                el estudio y se olvida de llamar a casa? Tres latigazos. Vaya, vean esto: Beverly
                se ha buscado otra multa de aparcamiento. Un latigazo... en los pechos. Él era
                bueno. Rara vez magullaba. Y ni siquiera hacía doler tanto. Descontando la
                humillación. Eso sí lastimaba. Y lo que más lastimaba era saber que una parte de
                ella quería ese dolor. Quería esa humillación.
                   "Esta última vez va por todas", pensó. Y bajó el brazo.
                   El cinturón cruzó los testículos de Tom con un ruido enérgico pero sordo, como
                el que hace una mujer al apalear una alfombra. Bastó con eso. Tom Rogan perdió
                las ganas de pelear.
                   Lanzó un chillido agudo y cayó de rodillas como para rezar. Tenía las manos
                entre las piernas y la cabeza echada hacia atrás. En el cuello le sobresalían los
                tendones. Su boca era una mueca patética de dolor. Su rodilla izquierda
                descendió directamente sobre un trozo de vidrio, parte del frasco de perfume.
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