Page 98 - Microsoft Word - King, Stephen - IT _Eso_.DOC.doc
P. 98

Le sonrió sin humor, con miedo.
                   --Creo que aparecieron cuando llamó Mike Hanlon. Eso creo.
                   --No es posible, Bill. -Pero Audra alargó la mano hacia los cigarrillos.
                   Bill se estaba mirando las manos.
                   --Lo hizo Stan -comentó-. Nos cortó las palmas con un fragmento de botella de
                Coca-Cola. Ahora lo recuerdo con claridad. -Miró a Audra, sus ojos parecían
                doloridos y desconcertados tras las gafas-. Recuerdo cómo brillaba ese trozo de
                vidrio al sol. Era una de las nuevas, de vidrio claro. Las de antes eran verdes,
                ¿recuerdas? -Ella sacudió la cabeza, pero Bill no la vio. Todavía estaba
                estudiando sus manos-. Recuerdo que Stan dejó sus propias manos para el final,
                fingió que se iba a cortar las muñecas y no las palmas. Creo que fue sólo una
                broma, pero estuve a punto de correr hacia él... para impedírselo. Por unos
                segundos pareció decidido.
                   --No, Bill -dijo ella en voz baja. Esa vez tuvo que afirmar el encendedor
                sujetándose la mano derecha con la otra, como el policía que apunta su revólver-.
                Las heridas no vuelven. Están allí o no están.
                   --Las habías visto antes, ¿eh? ¿Es eso lo que tratas de decirme?
                   --Son muy tenues -dijo Audra, con más aspereza de la que hubiera querido.
                   --Todos estábamos sangrando -dijo-. Estábamos de pie en el agua, a poca
                distancia de donde habíamos construido el dique, Eddie Kaspbrak, Ben Hanscom
                y yo, aquella vez...
                   --No te refieres al arquitecto, ¿no?
                   --¿Sabes de alguien que se llame así?
                   --¡Por Dios, Bill, el que construyó el nuevo centro de comunicaciones de la BBC!
                ¡Todavía se está discutiendo sobre si es un sueño o un aborto!
                   --Bueno, no sé si es el mismo o no. No me parece probable, pero supongo que
                puede ser. El Ben que yo conocí era una maravilla construyendo cosas.
                Estábamos todos allí, cogidos de la mano; yo tenía a Bev Marsh a mi derecha y a
                Richie Tozier a la izquierda. Estábamos en el agua, como una escena sacada de
                un bautismo sureño. Recuerdo que veía, en el horizonte, la torre depósito de
                Derry. Se la veía tan blanca como uno imagina que son las túnicas de los
                arcángeles. Y prometimos, juramos, que si no había terminado, que si alguna vez
                volvía a empezar... regresaríamos. Y lo haríamos otra vez. Y lo pararíamos. Para
                siempre.
                   --¿Qué cosa? -exclamó ella, súbitamente furiosa con Bill-. ¿Qué cosa debían
                parar? ¿De qué diablos estás hablando?
                   --Ojalá no p-p-p-preguntaras... -comenzó Bill. Y se interrumpió. Audra vio una
                expresión de asombrado horror que se esparcía por su rostro como una mancha-.
                Dame un cigarrillo.
                   Ella le pasó el paquete. Bill encendió uno. Audra nunca lo había visto fumar.
                   --Además, yo tartamudeaba.
                   --¿Tartamudeabas?
                   --Sí, por aquel entonces. Dijiste que yo era el único hombre en Los Angeles, de
                cuantos conocías, que se atrevía a hablar despacio. La verdad es que no me
                atrevía a hablar deprisa. No era por reflexión, ni por decisión, ni por prudencia.
                Todos los tartamudos reformados hablamos con lentitud. Es uno de los trucos que
                se aprenden. Como el de pensar en tu segundo nombre un momento antes de
   93   94   95   96   97   98   99   100   101   102   103